
"Nuestra historia personal, en efecto, es la que irá construyendo a lo largo de los años los objetos preferentes de atracción y de amor, singulares y de alguna manera únicos, para cada uno.Para unos/as puede ser la mujer o el hombre más hermoso/sa, para otros, sin embargo, aquel viejo plato de lentejas que su abuela cocinaba como nadie. Todo es el resultado de un complejo juego de identificaciones y contra-identificaciones, de amores y rechazos que configuran nuestro Yo singular y en el que los años de infancia desempeñan un papel fundamental.
Para unos, en efecto, el objeto preferente de amor será una persona del otro sexo con la que comprometerse a compartir la vida en un modo de acompañamiento íntimo, radical y exclusivo. Para otros, puede ser, sin embargo, una persona del mismo sexo. Su historia le determinó en tal sentido. Para otros puede, incluso, que se obsesionen con un objeto de amor tan extraño como una prenda interior, un zapato o un perfume. El fetichista sabe de ello. Otros preferirán amarse a ellos mismos con toda su radicalidad, como Narciso, muriéndose ahogado en el intento de abrazar su imagen reflejada en el agua.
Otros, sin embargo, encontrarán su objeto de amor más alto, en la seducción estética, en la pasión por el poder político, en la consagración a la investigación y a la ciencia. O a un proyecto utópico de convertir la sociedad injusta e insolidaria. Es el objeto de amor que se hace posible por la misteriosa sublimación, a la que no puede acceder desde su instinto biológico ningún animal. Como tampoco pueden acceder a la relación amorosa de pareja, ni al fetichismo o, la mayoría de ellos, tampoco a la homosexualidad. Es la grandeza y el riesgo del mundo afectivo sexual humano.
Para unos, en efecto, el objeto preferente de amor será una persona del otro sexo con la que comprometerse a compartir la vida en un modo de acompañamiento íntimo, radical y exclusivo. Para otros, puede ser, sin embargo, una persona del mismo sexo. Su historia le determinó en tal sentido. Para otros puede, incluso, que se obsesionen con un objeto de amor tan extraño como una prenda interior, un zapato o un perfume. El fetichista sabe de ello. Otros preferirán amarse a ellos mismos con toda su radicalidad, como Narciso, muriéndose ahogado en el intento de abrazar su imagen reflejada en el agua.
Otros, sin embargo, encontrarán su objeto de amor más alto, en la seducción estética, en la pasión por el poder político, en la consagración a la investigación y a la ciencia. O a un proyecto utópico de convertir la sociedad injusta e insolidaria. Es el objeto de amor que se hace posible por la misteriosa sublimación, a la que no puede acceder desde su instinto biológico ningún animal. Como tampoco pueden acceder a la relación amorosa de pareja, ni al fetichismo o, la mayoría de ellos, tampoco a la homosexualidad. Es la grandeza y el riesgo del mundo afectivo sexual humano.
Y es que, lejos de las concepciones que en gran parte perviven aún en los rincones más o menos amplios de nuestra mentalidad, nuestro mundo afectivo-sexual tiene mucho más que ver con lo que ha ido derivando de nuestras experiencias de vida que con la configuración biológica de un cuerpo de macho o hembra. El órgano sexual más importante del ser humano -se ha dicho con razón- es el cerebro. Porque, efectivamente, es a nivel del Sistema Nervioso Central que rige nuestro contacto con el mundo exterior, donde se va constituyendo ese conjunto de afectos, emociones, impulsos, apetencias, rechazos y resistencias que en buena parte determina nuestra relación con el mundo, con las personas e incluso con las ideas y los proyectos. Detrás hay una biología, y un cuerpo, y unas zonas erógenas determinadas, en las que la genital desempeña un papel particularmente significativo, pero detrás. Como una base y un soporte para lo que se va a constituir como algo mucho más amplio y determinante en nuestra vida: Eros, como motor de encuentro y unión con lo todo aquello que late en la vida.
La sexualidad humana, de este modo, se expande en toda la dinámica personal, de modo que todo nuestro ser, nuestro pensar y nuestro actuar se encuentra, en un grado u otro, mediatizado por ella. Nuestro contacto con el mundo, con nosotros mismo (en un sano o problemático narcisismo), con los otros por supuesto, en tantos modos y registros como caben en las relaciones interpersonales: de amor erótico, de amistad, de filiación o paternidad, de altruismo y acción social. Nuestra relación con las cosas, se tamiza en una diferente emocionalidad. Unas nos dejan más fríos e indiferentes. Otras, sin embargo, movilizan en nosotros sentimientos y afectos considerables. Son “objetos cargados”, queridos, retenidos, en definitiva, amados. Todo, pues, en nuestra vida se colorea de esa sustancia que podemos llamar libidinal, afectiva, deseante... de modo que nada hay en nosotros que no reciba su determinación y su impacto".
La sexualidad humana, de este modo, se expande en toda la dinámica personal, de modo que todo nuestro ser, nuestro pensar y nuestro actuar se encuentra, en un grado u otro, mediatizado por ella. Nuestro contacto con el mundo, con nosotros mismo (en un sano o problemático narcisismo), con los otros por supuesto, en tantos modos y registros como caben en las relaciones interpersonales: de amor erótico, de amistad, de filiación o paternidad, de altruismo y acción social. Nuestra relación con las cosas, se tamiza en una diferente emocionalidad. Unas nos dejan más fríos e indiferentes. Otras, sin embargo, movilizan en nosotros sentimientos y afectos considerables. Son “objetos cargados”, queridos, retenidos, en definitiva, amados. Todo, pues, en nuestra vida se colorea de esa sustancia que podemos llamar libidinal, afectiva, deseante... de modo que nada hay en nosotros que no reciba su determinación y su impacto".
Ahora bien, esta relación libidinal también se expresa en ese oscuro objeto del deseo. La particular oscuridad de nuestro inconciente. Es lo que se llama infidelidad, a uno mismo/a, a la pareja, a la razón, a la conciencia de estar en el mundo.
Nadie puede decir que no ha sentido esa necesidad de ser infiel. Existen personas, cosas, lugares, momentos que no pertenecen a nuestro entorno que nos son desconocidoas, y de allí su encanto. Lo misterioso de ese objeto (llamesmoslo así) nos hace pensar que de pronto puede ser encantador y nos lanzamos a la aventura de un conocimiento que nos puede llevar al placer o a la desgracia.
Es el miedo, el riesgo el que muchas veces nos detiene frente a este impulso, desconocido, trnsgresor erótico y místico.
El punto está en los que se atreven y los que no. Así las cosas el disparador del deseo surge espontáneamente, pues la vida no es sólo lo que vemos, hablamos y decimos. La vida también es deseo... Para mi muchas veces es un oscuro objeto.
Pero como tan bellamente lo expresó Paul Ricoeur: cuando dos seres se abrazan, no saben lo que hacen; no saben lo que quieren; no saben lo que buscan; no saben lo que encuentran. Sólo se desean ...
¿Y cuando no son pareja?... ¿Son oscuros? o sólo es un encuentro casual, imposible y deseoso. Inconciencia, pulsión, sexualidad...
depende...
ResponderBorrarY por qué no comenta ahora mi estimadisimo H?
ResponderBorrarPara mi sus deseos son órdenes mi encantadora dama (no le puedo decir mi encantadora loca, suena mal jajajajajaja)
ResponderBorrarPero en este momento pasé solo a echar una miradita, ando apurado, a la vuelta opino.