Por lejos que me remonte en el recuerdo de mis amores, me es difícil hablar de ello. Esa exaltación, más allá del erotismo, es dicha exorbitante tanto como puro sufrimiento. Es pasión por el lenguaje, entendido, racionalizado, sublimado, pensado, creado…Mi lenguaje amoroso fue siempre metáfora, fue siempre literatura.
Mi filosofía amorosa, no fue más que un cúmulo de experiencias ajenas, aprendidas y estudiadas.
Desde niña se me inculcó la llegada y la posterior presencia de un príncipe azul: bello, inteligente, cariñoso, contenedor, protector, etc. Aprendí que amar era primero sentir cosquillas en la guata y luego pensar y sentir por y con la pareja. Se me dijo que para amar y ser amada se necesitaba dar más que recibir, entender más que te entendieran. Amar era abnegación por el ser amado. Abnegación… negarse uno para entregarse al otro.
Confieso que el destino particular de mis amores fue mi convicción particular y absoluta de este aprendizaje. Mi discurso amoroso siempre fue un espiral de sexualidad e ideales entremezclados. No es tal.
Hoy entiendo aquellas palabras como una precaución, una retirada o un miedo a quemarse. De hecho, el sentimiento de haber desperdiciado y sacrificado deseos y aspiraciones es la consecuencia de una pasión lingüística, filosófica y teórica de lo que es el amor. Es el precio de la violencia que supone la imposición violenta de cánones y estructuras preconcebidas y asimiladas por la cultura, (es como decir vives en este mundo, estas son las reglas… si quieres vivir y “ser feliz”, acéptalas).
Mi amor siempre estuvo compaginado con una lucidez aguda, superyoica, feroz. Himno de entrega total al otro. Aun cuando mi amor fuera, también, una increíble capacidad narcicista, no podía dejar de sacrificarme y a la vez de sacrificarlo.
Entonces, el amor no fue más que un crisol de contradicciones y equívocos. Sentido y eclipse del sentido. Así evité el morir asfixiada bajo los pretextos y compromisos de mis neuronas, así es como lo mantuve para no adormilarme con las penas e inquietudes, para no hacer estallar un riesgo de muerte, un riesgo de vida, así se me reveló la connotación metafórica. En mi transporte amoroso los límites de mi identidad se perdieron, a la vez que se difuminaron en la precisión y referencia del discurso amoroso.
Ha pasado el tiempo y después de mundanas experiencias, hoy no hablo de la misma cosa cuando hablo de amor. Hoy refiero a otro estado: sólo considero que el amor es una puesta a prueba del lenguaje, de su carácter unívoco de su poder referencial y comunicativo.
Hoy en día para mí el amor es choque, locura, abrasamiento. Intentar hablar de él me resulta distinto, pero no menos penoso. Hoy el amor es ridículo, pues mi riesgo del discurso amoroso no pasa no por mí, sino por la incertidumbre de su objeto. Si me llegara a considerar enamorada sería sólo a través de la verdadera intensidad de mi pasión, ello porque nunca tendré la certeza de lo que significa exactamente el amor para mi pareja.
El amor es solitario puesto que es incomunicable. No existe el feed back. Nunca se sabré cómo ama el otro; “¿Qué comprende él de mí?, ¿Qué comprendo yo de él?: todo, como se tiene la tendencia a creer en los momentos de éxtasis, de fusión, de lo inexpresable, erotismo y redención?. O ¿nada, como se dice al primer descalabro que zarandea mi palacio de cristal?.
Vértigo de palabras:
El amor es individual. Yo amo y sé a quién amo (o todavía no lo sé). Pero nunca sabré si me aman a mí, pues sólo se puede comunicar con las palabras: gráfemas y morfemas y también signos gestuales adquiridos.
Así las cosas, mi forma de amar es única e irrepetible. Mi momento de amar es cuando no se habla, cuando no se escucha, cuando no hay comunicación. Es el momento de mi alter ego, cuando hablo y me digo que deseo, necesito estar con él. Allí sólo tengo “la impresión de hablar de verdad”. Pero no es para decir algo, sólo es para sentir y salir de mí, de las identidades. Es el momento de la locura, aquella que puede romper con las barreras de la razón.
Amar es transformar un error en renovación, remodelar, hacer, resucitar un cuerpo, una mentalidad, una vida. La diferencia es que creo que es mi vida. Es mi herida narcicista que cicatriza y se renueva a través de una entrega, primero del cuerpo y luego de la experiencia vital.
Amar es un estado de fragilidad cercana a la muerte. Pero a la vez es una fuerza serena que me permite creer en mi cuerpo y en mi capacidad de estar en el mundo como un torrente amoroso abandonado sólo a la fuerza de la pasión/dolor física y psíquica. Me encierro en mí, me encierro en mi amor para sentir que yo he sido otro.
Esa y sólo esa, es la fórmula que me conducirá a la poesía y al estado de estabilidad necesaria para que mi individualidad deje de ser indivisible y acepte perderse en el otro. Es hoy por hoy mi riesgo: trágico, admitido, normalizado, asegurado por mí.
Para amar necesito de mi fortaleza interior que me lleve al conocimiento de que amar es una aventura milagrosa de poder existir a través o con vistas a otro.
El amor es el tiempo y el espacio en que mi YO se concede el derecho a ser extraordinario. Fusión de deseo y placer que desplaza a las dimensiones del universo. ¿Cuál universo? : el nuestro, el mío y el tuyo confundidos y agrandados. Espacio dilatado, infinito, donde mis penas, desventajas, desfallecimientos, alegrías, convicciones y creencias evoco, asumo y presencio a través de mi amado.
Entonces…amo el amor de los marineros que besan y se van…