
El derrumbe de un sueño, algo hallado pasando resultabas ser tú.
Una esponja sin dueño un silbido buscando, resultaba ser yo.
Cuando se hallan dos balas sobre un campo de guerra algo debe ocurrir...
que prediga el amor de cabeza hacia el suelo una nube vendrá o estampidas de tiempo los ojos tendrán.
Fue preciso algo siempre y no fue porque tú tenías lazos blancos en la piel tú,
tenías precio puesto desde ayer tú, valías cuatro cuños de la ley
tú sentada sobre el miedo sentada sobre el miedo de correr.
Una buena muchacha de casa decente no puede salir
que diría la gente el domingo en la misa si saben de tí, que dirían los amigos los viejos vecinos que vienen aquí.
Qué dirían las ventanas, tu madre y su hermana y todos los siglos de colonialismo español
que no en balde te han hecho cobarde,
qué diría Dios sin amas sin la Iglesia y sin la ley
Dios, a quien ya te entregaste en comunión
Dios, que hace eternas las almas de los niños
que destrozarán las bombas y el napalm.
El derrumbe de un sueño
algo hallado pasando resultaba ser tú.
Una esponja sin dueño un silbido buscando
resultabas ser yo.
Busca amor con anillos y papeles firmados y cuando dejes de amar...ten presentes los hijos no dejes tu esposo ni una buena casa y si no se resisten serruchen los bienes que tienes derecho también,
porque tú tenías lazos blancos en la piel tú, tenías precio puesto desde ayer
tú, valías cuatro cuños de la ley
tú, sentada sobre el miedo de correr.
La historia, la ficción está llena de amores trágicos: Carlotta y Werther, Romeo y Julieta, Tristán e Isolda. Pero el amor de Abelardo y Eloisa tiene ciertos ribetes de distinción.
La historia medieval es simple: Abelardo fue contratado por el tío de Eloisa para que fuera su maestro. Ella, joven de 17 años sucumbió al amor maduro de este filósofo y profesor.
Abelardo, por su parte, se sintió atraído por la viveza y locuacidad de la joven. Así las clases se transformaron en una mezcla rara entre amor, lógica y pasión.
«...Los libros permanecían abiertos, pero el amor más que la lectura era el tema de nuestros diálogos, intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libros […]»
Pronto Eloisa quedó embarazada, el tío obliga a Abelardo a desposarla por la deshonra cometida. Abelardo no se opuso pues la ama profundamente. Sin embargo es Eloisa la que se niega.
Ella nunca quiso casarse, estaba abiertamente en contra del matrimonio, porque lo consideraba signo de posesión y no de amor, de interés y no de entrega. Su amor iba más allá de la convención, del paradigma. Casarse era entrar en la encerrona social del convencionalismo lapidario, que sólo a través del matrimonio aceptaba, en esa época, el amor/pasión y entrega entre los seres. Luego Eloisa aceptará, sólo a condición de que esto no se hiciera público.
Esta mujer da a luz a un pequeño llamado Astrolabio, y ante la insistencia de su tío para publicar su matrimonio. Le pide a Abelardo ayuda, quien atiende los ruegos de su amada y la esconde en un convento.
(Historia medieval, historia de obligación, historia de ley. Una vez más..., el derecho, la norma, el patriarca).
La historia continua:
Fulberto, (tío) creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, jura vengarse, y en breve encontró el medio de ejecutar su feroz venganza.
Fulberto, (tío) creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, jura vengarse, y en breve encontró el medio de ejecutar su feroz venganza.
Sobornó a un criado del filósofo para que les franquease el paso y una noche, entrando con un cirujano y algunos sayones en el cuarto de Abelardo, entre todos le castran, huyendo a continuación.
Piensa Abelardo: ¡Qué importa que la justicia apresase al criado y otro de los agresores¡ El castigo: igual mutilación y además la pérdida de los ojos, ¿Le permitirían volver a sentir la anterior pasión? Tampoco el destierro del canónigo Fulberto, al que se confiscaron todos sus bienes, podía reparar lo perdido.
Abelardo, habiendo perdido el sentido de la pasión amorosa decide renunciar a Eloisa y también se encierra en un monasterio. Nunca más la volvió a ver, las cartas fueron el único vínculo que mantuvieron en vida.
Eloisa nunca se resignó a este destino, siempre mantuvo vivo en su memoria a su amado. Ella consideraba que su vida había comenzado cuando le conoció, y ésta a la vez se había marchitado en el momento de la separación.
“¡Ay, Abelardo!, tan fuerte frente a los hombres y tan tierno conmigo. Nunca me he arrepentido de mi pasión, solo me angustia pensar que mi negativa a hacer pública nuestra unión haya podido ser la causa de tu desgracia. A pesar de ser el más brillante dialéctico de Paris, o lo que es igual, de toda la Cristiandad, nunca entendiste mi actitud; iba más allá de la pura conveniencia.¡Me negaba, y me niego, a que nuestro amor fuera forzado en ningún sentido! ¡No puedo admitir que tanta pasión cambiase de rumbo! Tú, por el contrario, en aras de lo que creías mi tranquilidad, estuviste dispuesto a renunciar a las dignidades que te correspondían por méritos propios.
Tú pudiste resignarte a la cruel desgracia, incluso llegaste a considerarla un castigo al que te habías hecho acreedor por transgredir las normas. ¡Yo, no!, ¡No he pecado! solo amo con ardor desesperado; cada día aumenta mi rebeldía contra el mundo y crece más mi angustia. ¡Nunca dejaré de amarte!. ¡Jamás perdonaré a mi tío, ni a la iglesia, ni a Dios, por la cruel mutilación que nos ha robado la felicidad!”
Al morir Abelardo, Eloisa consigue sin dificultad que sus restos sean trasladados desde Chalons al Parácleto, donde les da sepultura. Veinte años después, en 1164 moría ella. Dispuso que fuese enterrada en el mismo sepulcro de su enamorado, plantando a continuación un rosal sobre la tierra que los recubriría.
Aquí,acaba la realidad y comienza a tejerse la leyenda: en el momento de ser depositada en la sepultura común, ambos seres extienden sus brazos para fundirse en un último y eterno abrazo.
Esta historia trágica es la revelación de que mezcladas la razón y pasión lleva inevitablemente al dolor. Dolor por querer ser fiel a los principios, dolor por no amar libremente, dolor porque la reglas sociales se instauran, se inmiscuyen e invaden el territorio más íntimo y personal de un ser humano que es su capacidad amatoria. Dolor por la castración física y moral que subyace en la sociedad al punto tener que casar al hombre y la mujer, para poder estar y sentir. Y casarse no sólo significa la ceremonia. Casarse es igual a cazarse.
Es decir, para ser feliz se debe estar preso/a de las convenciones. Amar en plenitud, con pasión y con derecho, para la sociedad, puede ser sólo bajo un techo, en una cama (de dos plazas), un lugar y un espacio físico compartido.
Así las cosas, una vez más me niego. Ya viví la convención y la razón. Sirvió de algo?
Ahora me siento como Eloisa, quiero amar, pero sin la familia, ni la propiedad privada. Sólo con el amor.