
Hace diez años yo andaba de regia por la vida, el mundo era mío y yo le pertenecía. No había nadie más.
Sin embargo un día 22 de mayo, llegó alguien que esperaba pero que no lo había dimensionado. Unos ojos inquisidores fue lo primero que ví de él. Les juro que me aterré. ¿Qué iba a hacer yo ahora?.
Un ser pequeño de 4.00 kilos, había llegado a mi vida con la segura intención de quedarse y cambiar mi asertividad mundana.
Era mi hijo, aquel que había tenido en mi vientre por 9 meses y que aún así no me permitía configurar la vida de allí en adelante. Pues lo sentía como alguien lejano, del cual no tenía mayor conciencia, más que los kilos demás y la extraña sensación de ver mi vientre abultado, lleno de movimientos.
Claro que me aterré. Ese ser pequeñito era mi demandante ahora y para siempre, era una persona que no había buscado nacer y que ahora parte de mi vida. Iba a ser mi cadena perpetua, iba a depender de mí.
Comprendí, entonces, que ahora me debía cuidar (para poder cuidarlo a él), que tenía que ser más segura, que tenía que pensar en otro, que era mi responsabilidad, o sea que tenía que tener la habilidad de responder frente a lo que viniera. ¿Y cómo mierda se adquiere eso?.
Me vino una depresión muy grande, pues creía que no iba ser capaz de tamaña tarea.
No sabía qué hacer.
Es fácil aprender a mudar, a hacer papillas, a ir al médico todos los meses. Pero ser mamá es más que eso...
Tuve que aprender a desdoblarme, tuve que aprender a pensar en otro y por otro. A dejar de ser yo, para entregarme en cuerpo y alma a otro. Y eso puchas que es difícil. Sobre todo cuando una ha sido siempre la guinda de la torta.
Me costó mucho aprender, lo hice a punta de llanto, melancolía y nostalgia por mi vida anterior. Sin embargo, lo hice y no me arrepiento.
Y no me arrepiento, porque por primera vez se instaló en mí un sentimiento de plenitud.
Hoy puedo decir con absoluta convicción, que independientemente de lo que venga en mi vida, de mi futuro, de mi ser. Lo mejor que me ha pasado es ser mamá de un niño lindo e inteligente.
Ahora, sólo quiero decir que cada año que pasa, amo con intensidad, con convicción, con sentimiento y con pasión a otra persona que no soy yo.
Ser mamá, es una buena cosa. Mi hijo es el único capaz de moverme, de sacarme de mi letargo existencial, para hacerme sentir una persona que puede trascender.
Me convierte en un ser solidario, cariñoso incluso amoroso. Y eso no es menor, bien lo saben los que me conocen.
Amo a mi hijo y no sólo porque es una persona especial. Inteligente y amable, sino porque cuando llegó a este mundo, llegó para cambiarle la vida a una mujer. La Mafalda, la peor de todas.
Gracias hijo. Gracias por estar, gracias por ser, gracias por hacerme sentir que puedo. Gracias por permitirme ser mamá.
¡FELIZ CUMPLEAÑOS!
Hermoso regalo envuelto en amor de madre...
ResponderBorrarbesos, con mayúsculas...
Así es la vida pues amiga... uno propone y Dios le trae los hijos.
ResponderBorrarAsí somos las mujeres: Sorprendentes. Nunca sabemos cuanto podemos dar, hasta que la vida nos pone a prueba!!
Congrats por el hijo y congrats por tu vida... ah! y siga de linda p or la vida. El ser madre no le impide ser mina.
No se olvide de eso.
Becho!!!
Icy
mi querida mafi:
ResponderBorrardespues de tantas conversaciones me sorprende el relato, bien por ese sentimiento, bien por esas ganas de volver a querer estar....
Saludos
Solo pase para saludarte y desearte lo mejor
ResponderBorrarun abrazo
enzo