(no pude subir la imagen pero aqui está)
Memoria, recordar, identidad son palabras que últimamente me han estado acosando. Ello producto de particulares circunstancias de vida. Me siento como la protagonista de una historia que se define como una mujer manchada desde su origen por una culpa ajena.
Lo de hoy es la confesión de las raíces ocultas que han alterado la existencia de una pareja humana, padre e hija, arrojando al padre a la definitiva soledad y a la hija a la lacerante rotura del alma. Ello por el sólo hecho de recordar.
Lo mío son desperdicios de memoria, no tengo recuerdos exactos, sólo atisbos de instantes, de momentos. Sin duda no tengo memoria, pero si tengo historia cultural, oficial, marcada por un carné y un nombre, que para el dato son signos de identidad. Pero cómo puedo tener identidad si no tengo memoria?. Soy más que un apellido, lo sé. Para recordar y por lo tanto identificarme he tenido que escarbar, meterme dentro de mí, escudriñar en mis afectos, en mis sentimientos de niña, apareciendo así lo traumático, lo no resuelto, lo no elaborado, que pasa de año en año de mi vida.
Asó las cosas me he dado cuenta que mi identidad individual se constituye en la confluencia de lo familiar, social, cultural, étnico, religioso, profesional, laboral, etc., con la cadena de transmisión y constitución biológica. A su vez, mi identidad también es, en sí misma, un vehículo de transmisión intergeneracional (pienso en mi hijo), junto a lo traumático de la pérdida, de la ausencia que atraviesa y se incluye en cada uno de esos aspectos, modificando el curso del proceso identificatorio, de quién soy.
Y en definitiva, ¿quién soy?: soy aquella que tiene un duelo derivado de situaciones traumáticas de pérdida, de ausencias, que tuvo que afirmarse en el propio cuerpo, en las funciones biofisiológicas, en las figuras parentales, particularmente la madre, la familia, en los grupos, las instituciones y en el contexto social que constituyeron los factores de apoyo, sin los cuales no fue posible la constitución de mí ser hoy.
Esta situación de apoyo endógeno y exógeno, me ha hecho ser quién ahora soy. Una mujer que se resuelve día a día entre la ausencia/presencia. Hoy más que nunca.
Dije al principio que esto está basado en aquella relación de pareja entre un padre y una hija. El padre hoy está solo y la hija llena de melancolía y pudor por no tener memoria. Lacerante rotura del alma…que quiere escapar, olvidar, asistir a la consagración del olvido, pero la fuga es imposible; no se pueden ocultar los desperdicios de la memoria.
El pasado es contumaz y tarde o temprano termina imponiéndose a los esfuerzos inútiles que pretenden eliminarlo de mi experiencia humana. Recuerdo entonces, un ser que fue y no fue, que estuvo, y no estuvo y es sólo esa visión dialéctica la que hoy me hace tenerle cariño. Ya que nunca dejo de ser, a pesar de que nunca estuvo. Y que sin embargo tiene el honor de ser mi padre hoy solo, sin vínculos más que el cariño de una mujer en lacerante rotura del alma, por no haber tenido lo que debió tener y que a pesar de él y de si misma es hoy un ser humano que no deja de pensar en el otro y sobre todo ahora en él, en su soledad y que lo perdona, por no haber estado a pesar de que siempre estuvo.
La memoria persiste
Lo de hoy es la confesión de las raíces ocultas que han alterado la existencia de una pareja humana, padre e hija, arrojando al padre a la definitiva soledad y a la hija a la lacerante rotura del alma. Ello por el sólo hecho de recordar.
Lo mío son desperdicios de memoria, no tengo recuerdos exactos, sólo atisbos de instantes, de momentos. Sin duda no tengo memoria, pero si tengo historia cultural, oficial, marcada por un carné y un nombre, que para el dato son signos de identidad. Pero cómo puedo tener identidad si no tengo memoria?. Soy más que un apellido, lo sé. Para recordar y por lo tanto identificarme he tenido que escarbar, meterme dentro de mí, escudriñar en mis afectos, en mis sentimientos de niña, apareciendo así lo traumático, lo no resuelto, lo no elaborado, que pasa de año en año de mi vida.
Asó las cosas me he dado cuenta que mi identidad individual se constituye en la confluencia de lo familiar, social, cultural, étnico, religioso, profesional, laboral, etc., con la cadena de transmisión y constitución biológica. A su vez, mi identidad también es, en sí misma, un vehículo de transmisión intergeneracional (pienso en mi hijo), junto a lo traumático de la pérdida, de la ausencia que atraviesa y se incluye en cada uno de esos aspectos, modificando el curso del proceso identificatorio, de quién soy.
Y en definitiva, ¿quién soy?: soy aquella que tiene un duelo derivado de situaciones traumáticas de pérdida, de ausencias, que tuvo que afirmarse en el propio cuerpo, en las funciones biofisiológicas, en las figuras parentales, particularmente la madre, la familia, en los grupos, las instituciones y en el contexto social que constituyeron los factores de apoyo, sin los cuales no fue posible la constitución de mí ser hoy.
Esta situación de apoyo endógeno y exógeno, me ha hecho ser quién ahora soy. Una mujer que se resuelve día a día entre la ausencia/presencia. Hoy más que nunca.
Dije al principio que esto está basado en aquella relación de pareja entre un padre y una hija. El padre hoy está solo y la hija llena de melancolía y pudor por no tener memoria. Lacerante rotura del alma…que quiere escapar, olvidar, asistir a la consagración del olvido, pero la fuga es imposible; no se pueden ocultar los desperdicios de la memoria.
El pasado es contumaz y tarde o temprano termina imponiéndose a los esfuerzos inútiles que pretenden eliminarlo de mi experiencia humana. Recuerdo entonces, un ser que fue y no fue, que estuvo, y no estuvo y es sólo esa visión dialéctica la que hoy me hace tenerle cariño. Ya que nunca dejo de ser, a pesar de que nunca estuvo. Y que sin embargo tiene el honor de ser mi padre hoy solo, sin vínculos más que el cariño de una mujer en lacerante rotura del alma, por no haber tenido lo que debió tener y que a pesar de él y de si misma es hoy un ser humano que no deja de pensar en el otro y sobre todo ahora en él, en su soledad y que lo perdona, por no haber estado a pesar de que siempre estuvo.
La memoria persiste
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Qué dolorosa situación vives, Mafi.
ResponderBorrarPero tú eres grande, aunque sientas que tambaleas, pienso por lo que te he leído, que tienes una base sólida (de sentimientos, principios, objetivos) sobre la que te sostienes tú y que sostiene también a tu hijo.
Si ese hombre no aportó en la construcción de esa base, la sola conciencia de esa acción (¿no-acción, mejor dicho?) es castigo suficiente. Lo he visto en tíos/as que en su edad madura o vejez, reciben con ojos llorosos la atención, cuidado y cariño de parte de hijos a quienes ellos le negaron mucho e incluso todo.
Tu última frase es clave: perdonar.
Sigue grande, Mafi, devuelve bien por mal. Te hará bien a ti también. Creo que eres de las personas que sienten que la satisfacción del deber cumplido, de la buena acción realizada, es paga suficiente. Sigue así!
mi niña: muchas veces lo conversamos y muchas veces no llegamos a un acuerdo al respecto, sin duda hoy te pido que perdones, que guardes el mejor recuerdo el resto olvidalo, vive estos ultimos instantes a concho, no te quedes con nada que decir, lo que fue bueno y lo malo, despues es demasiado tarde, un abrazo grande, cuidate mucho y cuenta conmigo
ResponderBorrarSolo dejarte un fuerte abrazo y un beso !!
ResponderBorrarCuidate