POR QUÉ ESCRIBO

La loca de la casa estimula mi imaginación: descobija, desmitifica, ensalza. Es un blog escrito y pensado para conjurar los demonios, pues la única manera de exorcizar mis daimons es enfrentarlos, encararlos, desenmascararlos. Los demonios o fantasmas, que si no los quitas de encima, como diría Cortázar, te arrebatarán el aire y son capaces de estrujarte y conducirte a la locura. Una contradicción aparente. Escribir es una manera de mostrar cordura. Sin embargo en esta mujer es la locura la que la conduce y la obliga a escribir.

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Lenguaje y género (Interesante no?)

El tema del psicoanálisis en la literatura no es nuevo Tomo prestado de Lacan en su relectura freudiana su concepto de sujeto: el ser humano no se constituye como tal si no entra en el orden simbólico. El orden simbólico para Lacan es el lenguaje. En un principio somos un sujeto de necesidad, necesidad que se articula en una demanda. Esta articulación se hace entrando en el “desfiladero” de la palabra, el ingreso al lenguaje,.Desde este momento, nos constituimos en el sujeto partido por la falta, en el sujeto deseante: lo real de la necesidad se queda fuera, se instala un hiato.
Ahora veamos más concretamente como sería esto: tenemos un bebé con su madre. El bebé viene de abandonar para siempre el nirvana de una situación homeostática en el útero materno, en el cual no conocía la necesidad. Una vez fuera de él, el bebé se siente incómodo, a veces muy incómodo, insoportablemente incómodo: necesita ¿el qué? posiblemente necesite `no necesitar', volver al estado de completud. El bebé entonces expresa su incomodidad. La madre entonces escucha su llanto como una demanda. La madre interpreta su demanda. La madre le pone nombre a esa necesidad. Es lo que Piera Aulagnier llama “la violencia de la interpretación” (7). Pero el bebé no tiene específicamente hambre, o frío, o soledad. Lo que tiene es una enorme incomodidad (y aún esta palabra es inadecuada, porque la sensación que tiene el bebé es innombrable). La madre le da el biberón, lo cubre, lo acurruca. El bebé se siente mejor, tan sólo mejor, momentáneamente mejor, pero no ha re-encontrado el nirvana, este simil de nirvana sólo ha durado un tiempo. Nada parcial, nada que haya pasado por la interpretación, por la palabra, por la cultura, restituirá ese “antes” que se perdió. Entre la necesidad y la articulación de la demanda queda un resto imposible de expresar, se instala un hiato que da origen al deseo. Se instala la falta, y el deseo del sujeto que errará siempre en busca de una satisfacción que lo colme a sabiendas que el nirvana se perdió para siempre.
Ahora bien, estos avatares del inicio del ser humano suceden dentro de un vínculo con un individuo concreto que es la madre, con -a su vez- su propia historia en su devenir "persona" y "mujer", sus fantasmas, su subjetividad. La teoría de relaciones objetales hace hincapié en la calidad de este vínculo: una madre "suficientemente buena" (en la terminología de Winnicott) es la que genera una confianza básica respondiendo sistemáticamente a la demanda del bebé, y -más tarde- frustrándolo de manera prudente y adecuada para que ingrese en su autonomía. Con lo cual esto instalaría en la constitución del sujeto un matiz cualititativo. No será lo mismo para los individuos dependiendo de las subjetividades de las madres (aquí encuentra su sitio el concepto de genealogía femenina y el estilo propio que la configure).
La postura ecléctica en cuanto a estos dos modelos me lleva a la reflexión siguiente:
El bebé (niño o niña) es un sujeto activo para la madre suficientemente buena, es un sujeto activo, demandante, que hace de ella misma un objeto que satisface esta demanda y que la llena de goce (el goce de la mujer en la maternidad aparece en todos los modelos psicoanalíticos, Freud, Lacan, lo retoma Lemoine-Luccioni, luego Chodorow, etc.).
Aún cuando portad@r de un sexo biológico que ya l@ instala en un género con connotaciones de activo –masculino, pasivo-femenino, desde esta posición de bebé-sujeto activo, demandante, el individu@ es valorad@ en “igualdad” en “equidad” cualquiera sea su género: tanto demanda la niña como el niño, tan tiránicos pueden ser el uno como la otra, serán la reina o el rey de la casa. Es más, en muchas lenguas se suele referir al bebé como neutro: bebé, guagua, baby , e incluso, child, kind, enfant. Como dice Teresa de Lauretis, "a pesar de que un niño ("child" en el texto original) tiene un sexo por "naturaleza", no es sino hasta que llega a ser (o sea hasta que se le significa como) un niño o una niña, cuando se le adjudica un género". (8)
Sin embargo, no podemos concluir simplistamente en una supuesta igualdad: en el discurso familiar desde un comienzo de la vida del infans, la adjudicación de género está presente a partir de la percepción del sexo biológico del bebé incluso intraútero. La adjudicación de un género es parte constitutiva del sujeto a partir de la proyección que hacen los padres sobre ese nuevo ser: Proyección fantasmática, proyección de las expectativas conscientes e inconscientes, proyección de los ideales, de las identificaciones genealógicas, vehiculización dentro del ámbito familiar de los conceptos que se establecen para los géneros desde las instituciones de lo simbólico. Así nos lo muestran los estudios de Money, y más tarde de Stoller, integrados por Emilce Dio Bleichmar en sus excelentes trabajos sobre salud mental, género y constitución de la subjetividad de la mujer (9).
Sin embargo, y por más que el discurso sobre los géneros está construido sobre una asimetría y desigualdad en la valoración, podríamos pensar que en este primer período de la vida los padres ´suficientemente buenos’ aplican al bebé, el “Principio de Equivalencia” al cual se refiere Marcela Lagarde (10). Equivalencia de los géneros, igualdad en su legitimidad, equidad en el trato, y por ende, se le construye un lugar para ser un sujeto activo, deseante.
El bebé es iniciado en el lenguaje y en un sistema de representaciones y empieza así su camino de simbolización. Objetos le serán propuestos, para que lo ayuden a conocer la realidad: chupete, mantita, muñecos, juguetes, todos con su connotación particular. Es durante este camino que durará varios años en el curso del cual se bifurcan los destinos subjetivos del varón y la niña, en desmedro para la niña en su identidad de sujeto activo deseante.
Veamos: en un principio la niña-bebé, a mismo título que el niño-bebé, es iniciada en un lenguaje, en un quehacer cognitivo, en un sistema de representaciones simbólicas. Sabemos que el lenguaje es androcéntrico, en el cual el universal es masculino, expresión de un discurso falocéntrico en el cual el varón representa el `uno' y la mujer, el `otro de ese uno' (como bien apuntó Simone de Beauvoir hace más de cincuenta años). El sistema de representaciones simbólicas al que accede el bebé es un sistema androcéntrico, expresión del sistema patriarcal. De modo que la niña, cuando “se da cuenta (percibe) de su castración” (11) (términos psicoanalíticos clásicos) debe renunciar a esta ilusión de mismidad, para asumir la diferencia. Es decir, frente al uno universal (el patrón de la medida humana), la niña, la mujer debe asumirse otra, diferente. Desde esa diferencia hará las piruetas en su sexuación que refieren las lecturas psicoanalíticas, a saber, renunciar a su primer objeto de amor, asumir la castración, volverse hacia el padre y por último desear la maternidad como una forma de compensación en virtud de la ecuación niño igual a pene.

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